LA IMPORTANCIA DE NO HACER DIETA

visibility155 Views comment0 comments person Posted By: Lluc Cladera; Psicóloga Nº Col. B02441 list In: Estilo de Vida

¿Cuántos de nosotros y nosotras hemos querido bajar unos kilos cuando llega el verano? ¿Tú también intentaste bajar una talla para una ocasión especial? ¿Llevas una alimentación casi exclusivamente a base de proteínas porque crees que es lo mejor para tener un cuerpo musculoso?

Este artículo habla de cómo estas dietas dañan nuestro organismo y de cómo, sin cumplir lo que nos prometen, pueden poner en grave riesgo nuestra salud.


  • ¿En qué momento de la historia empezamos a hacer dieta?

Supongo que a todos/as nos cuesta imaginar a una persona hace 80 años haciendo por voluntad propia la dieta de la alcachofa o llevando una alimentación exclusivamente a base de proteínas.

Es un hecho que en los últimos años las tasas de problemas de salud y enfermedades como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la hipercolesterolemia, los trastornos de conducta alimentaria, etc. han aumentado preocupantemente, a la vez que lo han hecho los malos hábitos alimenticios y la aparición de infinidad de dietas que prometen grandes cambios en el peso y en el aspecto corporal en un período muy corto de tiempo.


  • ¿Por qué las dietas restrictivas no cumplen sus promesas?

Imaginemos a una persona (Pepita) que, con el objetivo de bajar unos kilos, decide, sin ningún tipo de acompañamiento profesional, reducir su ingesta de 2000 Kcal a 1400 Kcal.

Todas las personas tenemos una tasa metabólica basal (TMB). Esto es, todos/as gastamos energía por el simple hecho de estar vivos/as (aunque estemos durmiendo o en reposo). Esta TMB depende de distintos factores, tales como el peso, la altura, la edad, el sexo, la cantidad y el tipo de actividad física que realizamos habitualmente, etc. Dependiendo de las características de la persona, la TMB puede oscilar entre 800 y 1700 Kcal, o incluso más. Es decir, una persona puede consumir entre 800 y 1700 kcal simplemente por estar viva.

Volviendo al ejemplo de Pepita, cuando ella ingería 2000 Kcal diarias, al menos 800 eran consumidas por su TMB y las restantes podía gastarlas realizando ejercicio, saliendo a pasear y llevando una vida medianamente activa. Por este motivo, Pepita se mantenía en un peso estable.

En el momento en el que Pepita decidió reducir su ingesta a 1400, empezó a perder peso muy rápidamente, ya que su TMB seguía consumiendo más de 800 Kcal (las mismas que al principio) y sólo quedaban 600 kcal para gastar con ejercicio físico y con la actividad ligada a las tareas cotidianas.

No obstante, cuando llevamos mucho tiempo realizando una dieta hipocalórica, nuestra TMB se regula y se adapta a la cantidad de energía que proporcionamos a nuestro organismo.

Mediante esta dieta, la TMB de Pepita con el tiempo bajó (se reguló a la cantidad de energía ingerida). Esto se traduce en que su cuerpo en reposo no gastaba tanta energía como al principio o, lo que es lo mismo, ya no era suficiente la misma cantidad de actividad física para que bajase de peso.

Es en este momento en el que las personas que llevan una dieta restrictiva se quejan de haberse estancado y de no poder seguir bajando de peso.

A esta fase, debido a la frustración que supone realizar el esfuerzo de llevar una dieta hipocalórica y no bajar de peso, le suele seguir el abandono de la dieta y el regreso al tipo de alimentación que se llevaba antes.

Cuando me refiero a que la persona regresa al tipo de alimentación que llevaba antes, no tiene por qué ser un tipo de alimentación poco saludable. Simplemente, la frustración y la baja motivación hace que vuelva a alimentarse cómo antes (en el caso de Pepita, volver a la ingesta de 2000 Kcal).

Debido a que la TMB ha bajado por culpa de la dieta restrictiva, la persona necesita gastar más energía que antes de haber realizado la dieta para mantenerse en el mismo peso. Es decir, puede ocurrir que una persona que antes se mantenía en un peso estable con una alimentación de 2000 Kcal, después de haber realizado una dieta hipocalórica, durante un tiempo aumente de peso a pesar de llevar el mismo estilo de alimentación con el que antes se mantenía: es el conocido efecto yo-yo o efecto rebote.

  • ¿Cómo podemos lograr un peso y unas condiciones de vida saludables?

La respuesta parece simple: no haciendo dietas.

Esta afirmación puede llevar a confusión. “No hacer dieta” no significa que tengamos que hincharnos a dulces y llevar una vida sedentaria. No. Lo que significa “no hacer dieta” es que debemos aprender a alimentarnos de una forma saludable para toda la vida. Significa que debemos dejar de hacer caso de las maravillas que prometen las famosas “dietas milagro” y buscar un modo saludable de alimentarnos que podamos mantener para siempre.

Las premisas son dos.

La primera: “Si paso hambre, si sufro, si me encuentro mal, si me mareo, si tengo continuos deseos de consumir azúcar y comida basura… estoy haciendo algo mal”.

Y la segunda: “Si no es factible mantener la alimentación que llevo durante toda la vida, es que no me estoy alimentando bien” (obviamente no nos podemos alimentar de manzanas o de alcachofas o de consomés toda la vida).

Aprovechando esta última afirmación, me gustaría hacer una reflexión sacando a la psicóloga que llevo dentro: llevar una alimentación sana de por vida no significa consumir 2000 Kcal cada día (ni 2500, ni 3000, ni 1800). La obsesión por el conteo de calorías es de todo menos sana.

Me cuesta mucho imaginarme a mis abuelos/as y bisabuelos/as contando las calorías que comían y gastaban, en una época donde la obesidad y los problemas asociados a una alimentación rica en azúcares y grasas de baja calidad, apenas existían.

Una alimentación sana supone comer de forma balanceada y variada incluyendo cereales, semillas, legumbres, frutas, verduras, pescados... en las cantidades apropiadas, con el objetivo de aportar a nuestro organismo la proporción de proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas y minerales necesarios para vivir.

Muchas personas, creyendo que hacen lo correcto, sólo se preocupan por el número de calorías que ingieren (ignorando otras propiedades de los alimentos mucho más importantes). Si únicamente hacemos caso de las calorías de los alimentos, podemos llegar a la conclusión de que es más sano un bollo de 300 Kcal que un plato de lentejas de 500 y creo que no hace falta especificar que no es así.

Estas comidas no se diferencian únicamente en la cantidad de calorías, sino que la calidad de los alimentos y cómo afectan éstos a nuestra salud, no tiene nada que ver. El bollo es un alimento producido generalmente con azúcares refinados, grasas de muy baja calidad y harinas blancas, mientras que las lentejas son un plato rico en proteínas, hidratos de carbono de absorción lenta, fibra, vitaminas y minerales.

Cuando consumimos un producto de bollería, que no es rico en fibra – como sí lo es, por ejemplo, un plato de lentejas – nos suben los niveles de azúcar en sangre de forma brusca. Cuando lo que comemos es un plato equilibrado rico en fibra, en hidratos de carbono de absorción lenta, en grasas de buena calidad, en proteínas, en vitaminas y en minerales – como las lentejas – el azúcar en sangre no sube de una forma tan brusca ni alcanza los niveles que sí alcanza cuando consumimos unas galletas industriales, un croissant o un trozo de tarta.
Estos picos de azúcar generan un sobreesfuerzo en nuestro páncreas y, si hay un consumo frecuente de productos de baja calidad, pueden acabar ocasionando enfermedades como la diabetes o la 
hipertensión arterial. Veremos la importancia del cuidado de nuestro páncreas en artículos posteriores.


En conclusión, mi consejo es que no hagas dieta (o, más bien, que no hagas dietas restrictivas y no tomes decisiones sin el seguimiento de un/a profesional) y que no dejes de cuidarte y de amar tu cuerpo y tu esencia tal y cómo son.

Mantener una buena autoestima y motivación es fundamental para alcanzar nuestros objetivos, sean los que sean. Y una alimentación balanceada que aporte todos los macronutrientes y micronutrientes que nuestro cuerpo necesita, es un factor imprescindible para alcanzar y mantener un buen estado de salud tanto física como emocional.

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